Coronilla

Coronilla de la Divina Misericordia     guia_corona

El Señor Jesús dictó esta oración a Sor Faustina en Vilna, en 1935. En las revelaciones posteriores mostró su importancia y eficacia así como transmitió las promesas a ella vinculadas.
En esta oración ofrecemos a Dios Padre “el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad” de Jesucristo, nos unimos a su Sacrificio en la cruz para salvar el mundo.
Ofreciendo a Dios Padre su “amadísimo Hijo”, recurrimos al motivo más fuerte para ser escuchados. Pedimos la misericordia “para nosotros y el mundo entero”. El pronombre “nosotros” se refiere a la persona que reza y a las almas por las cuales desea o está comprometida a orar. Mientras que “el mundo entero” son todas las personas que viven en la tierra y las almas que sufren en el purgatorio. Rezando esta coronilla cumplimos el acto de amor al prójimo que –junto con la confianza- es la condición indispensable para alcanzar gracias.

“A las almas que recen esta coronilla –prometió el Señor Jesús- me place concederles todo lo que me pidan”; y agregó: “si (…) está de acuerdo con mi voluntad”.

Las promesas particulares se refieren a la hora de la muerte: es la gracia de una muerte feliz y serena. La pueden recibir no solo quienes recen esta coronilla con confianza y perseverancia, sino también los moribundos si otras personas las rezan en torno a su lecho.

“Los sacerdotes –dijo Jesús- la recomendarán a los pecadores como la última tabla de salvación. Hasta el pecador más empedernido si reza esta coronilla una sola vez, recibirá la gracia de la misericordia infinita”.

Por lo menos una vez, pero con la actitud conforme al contenido de la oración y ante todo con fe, confianza y humildad, así como un arrepentimiento profundo y sincero.

La coronilla a la Divina Misericordia
(Para rezarla con las cuentas del rosario)

Al comienzo

Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén.

Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Creo en Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Y en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor. Que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo. Nació de Santa María Virgen. Padeció bajo el poder de Poncio Pilato. Fue crucificado, muerto y sepultado. Descendió a los infiernos. Al tercer día resucitó de entre los muertos. Subió a los cielos. Está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos. Creo en el Espíritu Santo, la Santa iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida perdurable. Amén.

Al comienzo de cada decena:

Padre eterno, te ofrezco el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad de tu amadísimo Hijo, nuestro señor Jesucristo, como propiciación de nuestros pecados y los del mundo entero (una vez).

En cada cuenta de la decena:

Por su dolorosa pasión, ten misericordia de nosotros y del mundo entero (diez veces).

Al terminar:
Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad de nosotros y del mundo entero (tres veces).

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