Lectio divina

bibliaConfiamos en que se siga cumpliendo: “Toda la Escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar y para arguir, para corregir y para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para hacer siempre el bien” (2 Tim. 3, 16-17).
El Magisterio de la Iglesia, al servicio de la Palabra de Dios y leyendo los signos de los tiempos, ha asumido la bendición de la recuperación de la Lectio divina en la etapa posterior al Concilio Vaticano II.

Se presenta a continuación un texto significativo de Benedicto XVI donde hace referencia directa a la práctica de la Lectio divina.

Exhortación Apostólica Postsinodal VERBUM DOMINI:

87.En los documentos que han preparado y acompañado el Sínodo, se ha hablado de muchos métodos para acercarse a las Sagradas Escrituras con fruto y en la fe. Sin embargo, se ha prestado una mayor atención a la lectio divina, que es verdaderamente «capaz de abrir al fiel no sólo el tesoro de la Palabra de Dios sino también de crear el encuentro con Cristo, Palabra divina y viviente» (Mensaje final, III, 9). Quisiera recordar aquí brevemente cuáles son los pasos fundamentales:

Se comienza con la lectura (lectio) del texto, que suscita la cuestión sobre el conocimiento de su contenido auténtico:

¿Qué dice el texto bíblico en sí mismo?

Sin este momento, se corre el riesgo de que el texto se convierta sólo en un pretexto para no salir nunca de nuestros pensamientos.

Sigue después la meditación (meditatio) en la que la cuestión es:

¿Qué nos dice el texto bíblico a nosotros?

Aquí, cada uno personalmente, pero también comunitariamente, debe dejarse interpelar y examinar, pues no se trata ya de considerar palabras pronunciadas en el pasado, sino en el presente.

Se llega sucesivamente al momento de la oración (oratio), que supone la pregunta:

¿Qué decimos nosotros al Señor como respuesta a su Palabra? 

La oración como petición, intercesión, agradecimiento y alabanza, es el primer modo con el que la Palabra nos cambia.

Por último, la lectio divina concluye con la contemplación (contemplatio), durante la cual aceptamos como don de Dios su propia mirada al juzgar la realidad, y nos preguntamos:

¿Qué conversión de la mente, del corazón y de la vida nos pide el Señor? 

San Pablo, en la Carta a los Romanos, dice: «No os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto» (12,2). En efecto, la contemplación tiende a crear en nosotros una visión sapiencial, según Dios, de la realidad y a formar en nosotros «la mente de Cristo» (1 Co 2,16). La Palabra de Dios se presenta aquí como criterio de discernimiento, «es viva y eficaz, más tajante que la espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos. Juzga los deseos e intenciones del corazón» (Hb 4,12).

Conviene recordar, además, que la lectio divina no termina su proceso hasta que no se llega a la acción (actio), que mueve la vida del creyente a convertirse en don para los demás por la caridad.